sábado, junio 09, 2007

LOS CANARITOS.

La ictericia, o coloración amarilla de la piel y de las mucosas (el blanco del ojo, el interior de la boca), es la condición que con más frecuencia se observa entre los recién nacidos. Su temprana presentación y, en algunos casos, la instauración de un tratamiento adecuado son tareas habituales para el pediatra. En la mayoría de los recién nacidos la ictericia constituye un evento normal, propio de esa edad, y la llamamos “ictericia fisiológica”.
¿Cómo se produce la ictericia?
En primer lugar, hay que tener presente que en el niño mayor y en el adulto, a medida que los glóbulos rojos de la sangre envejecen, se van destruyendo. En este proceso se libera hemoglobina, la que a su vez se degrada, siendo su producto final la bilirrubina. Esta última es el pigmento que tiñe de amarillo todo lo que toca, como el rey Midas. Como diariamente se destruye una cierta cantidad de glóbulos rojos en la sangre, estamos permanentemente produciendo bilirrubina, la que se elimina normalmente a través del hígado.
El recién nacido suele tener un hematocrito muy elevado, es decir, su sangre tiene más glóbulos rojos. Si a eso se suma un cierto grado de inmadurez del hígado, el cual los primeros días se encuentra “en rodaje”, tendremos que el bebé produce más bilirrubina de la que puede eliminar, repartiéndose por la piel y otros tejidos, apareciendo entonces la ictericia. El niño no nace con ictericia porque en su vida fetal la placenta retira su bilirrubina, siendo eliminada por el hígado de la madre. Hasta aquí va todo bien, la ictericia aumenta hasta el tercer o cuarto día y luego va gradualmente desapareciendo, a veces hasta alrededor del mes de vida.
El problema se produce cuando la bilirrubina se eleva demasiado en la sangre, ya que también se acumula en el cerebro, y sobre ciertos límites podría producir un daño neurológico permanente llamado kernicterus. Este riesgo es tanto más cuanto más precoz sea la hiperbilirrubinemia y mientras más inmaduro el cerebro del recién nacido. El tratamiento en estos casos es la fototerapia: se coloca al bebé desnudo expuesto a una luz especial durante al menos 24 horas. Con esto conseguimos que la bilirrubina acumulada en la piel entre en un estado de “excitación fotoquímica”, que en castellano significa que se transforma en otros productos menos tóxicos. Indirectamente la bilirrubina de la sangre también disminuye, ya que se va abriendo camino hacia la piel que la recibe y la destruye, mientras se le da tiempo al hígado de madurar y cumplir su función. En casos muy excepcionales, cuando la bilirrubina se encuentra demasiado elevada, se practica un procedimiento llamado exanguíneotransfusión, que consiste en el recambio total de la sangre.
Cuando se requieren estos tratamientos es porque hay otros problemas, y ya no podemos hablar de ictericia fisiológica. Los más frecuentes son los derivados de la incompatibilidad de Rh o grupos clásicos (ABO) entre la sangre materna y la del recién nacido (que determinan una destrucción exagerada de los glóbulos rojos), además de patologías del hígado transitorias o permanentes. Alteraciones especiales de los glóbulos rojos, infecciosas y otras, son mucho menos frecuentes.
La que no produce problemas es una ictericia que se manifiesta en algunos bebés alimentados con leche materna. No está clara la causa de este fenómeno, pero por ser absolutamente benigno, por ningún motivo debe en estos casos suspenderse la lactancia. El agregado de agüitas de cualquier tipo no sirve de nada.

jueves, mayo 10, 2007

LA FIEBROFOBIA II

¿Cuándo, para qué y cómo bajar la fiebre? La respuesta a estas preguntas quedó pendiente de la entrada anterior, e intentaré, aunque tal vez desordenadamente, cumplir esta tarea con recomendaciones muy prácticas.
Frecuentemente vemos llegar muy apurados al hospital, a padres angustiados con un bebé en brazos, rojo de fiebre, vestido con ropa de lana, varios chalecos, gorro de hilo y otro de lana, bufandas, envuelto en varias frazadas, chales e incluso alfombras. Como veremos, generalmente es injustificado el apuro, y el abrigo es francamente nocivo.
Es conveniente bajar las fiebres de más de 38 °C, ya que el niño suele sentirse mal, le duele la cabeza, se pone irritable, los más grandes pueden presentar alucinaciones, y los lactantes y preescolares pueden tener convulsiones. A veces la fiebre hace que el niño o niña se vea bastante más enfermo de lo que realmente está, y basta con bajarla para que se anime y recupere el buen aspecto. De ahí la primera recomendación: no corra al Servicio de Urgencia porque el niño tiene fiebre y se ve mal. Primero bájele la fiebre, y si aún así se ve muy decaído, o pálido, o con compromiso de conciencia (anormalmente adormecido, responde poco a estímulos), se queja de dolor de cabeza o tiene vómitos reiterados, no dude en consultar lo antes posible. Por el contrario, si al bajar la fiebre se ve bien y se pone a jugar, puede esperar a ser atendido por su pediatra o en el consultorio, sin apuro, y ahí se determinará la causa de la fiebre y su tratamiento. Hacen excepción a esta suerte de regla los menores de 3 meses, especialmente los recién nacidos, quienes deben ser evaluados por un médico lo antes posible en caso de fiebre. Si bien es cierto estos últimos suelen tener fiebre por exceso de calor, también pueden estar desarrollando una infección grave.
Cuando la temperatura está subiendo, especialmnte si es un alza brusca, los mayorcitos pueden presentar las llamadas “tercianas”, o “escalofríos”, que es un mecanismo que utiliza el organismo para producir calor mediante las contracciones musculares, y así defenderse de las infecciones. El niño siente mucho frío, la piel se pone pálida y marmórea (como mármol), puede aparecer cianosis (coloración azulada de los labios, manos y pies). Mientras dure esta etapa, conviene dar algún medicamento para bajar la temperatura, y abrigarlo. Después de un rato, la sensación de frío dará paso al calor, y si se constata fiebre alta, llegó el momento de desabrigarlo y apagar los calentadores. No le tengamos miedo al frío, un niño con fiebre no lo sentirá, puesto que que su cuerpo se mantendrá caliente aunque esté desnudo. Si lo mantenemos abrigado no permitiremos que pierda calor, y por muchos medicamentos que le demos, no lograremos bajar la fiebre. Es un concepto errado, aunque muy difundido, que haciendo transpirar a una persona le bajará la fiebre. Lo que realmente ocurre es que la bajada de temperatura produce sudoración, y no al revés.
Un método casero y práctico para bajar la fiebre son los pañitos mojados, pero ojo, nunca helados. Recordemos que el calor se pierde por la piel, especialmente si está húmeda, pero si le aplicamos agua fría se producirá una contracción de los vasos sanguíneos, y la temperatura bajará porque no está llegando sangre. Si en estos casos le tomamos la temperatura rectal, veremos que el niño tiene tanto o más fiebre que antes, porque la temperatura interna no se ha podido perder a través de la piel. La recomendación es, entonces, paños tibios (un poco más fríos que la temperatura del cuerpo) sobre un niño desnudo, para que el calor se pierda gradualmente desde el interior del organismo hacia la superficie. También es efectivo un baño de tina tibio. Un baño helado, aparte de ser una crueldad, no servirá de nada.
Hay muchos medicamentos que ayudan a bajar la fiebre, y conviene tenerlos en el botiquín casero, lejos del alcance de los niños. Su pediatra le indicará cuáles y en qué dosis utilizarlos.

miércoles, mayo 02, 2007

LA FIEBROFOBIA I

Los padres suelen alarmarse excesivamente cuando su hijo tiene fiebre. La fiebre es un proceso fisiológico que utiliza el organismo para eliminar a los virus o bacterias invasores causantes de enfermedad. Es necesario aclarar, entonces, que la fiebre en sí no es mala, y aunque es muy molesta, tiene su rol que cumplir. El problema, como en todo, es cuando “se le pasa la mano”. Existe la llamada hipertermia maligna, pero por ser rarísima no me voy a referir a ella. Lo que sí es frecuente de ver en el niño son las convulsiones febriles, que se dan habitualmente en lactantes y preescolares, desencadenadas habitualmente por alzas bruscas de temperatura. Tan bruscas que muchas veces un niño que estaba aparentemente sano comienza repentinamente a convulsionar, y al ser atendido en un servicio de urgencia se constata que está con fiebre alta, y los padres no se habían dado cuenta. Algunos niños tienen especial tendencia a presentar esta enfermedad, y convulsionan con temperaturas a las cuales a otros niños no le suceda nada. Cuando es así, deben ser tratados con medicamentos anticonvulsivantes por un lapso de tiempo (habitualmente años), y que será determinado por el neurólogo infantil. Siendo una patología muy impresionante y angustiante para los padres, es benigna, es tratable y no deja secuelas. Cualquier niño puede convulsionar con la fiebre si ésta es suficientemente alta, sólo que en algunos el umbral es más bajo. La convulsión febril puede ser idéntica a un ataque epiléptico, pero no es epilepsia.
Otro concepto importante es que la fiebre no es señal de gravedad, pudiendo ser desencadenada por enfermedades tan banales como las gripes, o tan graves como las meningitis. A la fiebre no hay que temerle, hay que manejarla. No es una enfermedad, es una manifestación de una enfermedad. Si un niño se enferma y nunca tiene fiebre, es motivo de preocupación, ya que algo puede estar fallando en su sistema de defensas.
Para hablar de manejo de la fiebre, hay que entender que el organismo funciona bien cuando su temperatura interna se encuentra dentro de ciertos rangos, siendo lo normal entre 36,5 y 37,5 °C. La temperatura interna se puede determinar con un termómetro en el recto o en la boca (limpiarlo si se pasa de uno a otro punto). Como el cuerpo está constantemente perdiendo calor, y esta función la cumple fundamentalmente la piel, hay una disminución gradual de la temperatura desde las estructuras más internas hasta esta última, de modo que lo normal es una diferencia de entre 0,5 y 1,0 °C. La temperatura de la piel se determina más fácilmente en las axilas o en las ingles. Una elevación de la temperatura no siempre es manifestación de fiebre, puede ser por otros motivos: exceso de calor ambiental en un bebé pequeño, gasto extraordinario de energía en un niño mayor. Si se toma la temperatura rectal a un muchacho inmediatamente después de un partido de fútbol, ésta fácilmente superará los 39 °C. Otras enfermedades, como las de tipo reumatológico o tumorales también pueden provocar fiebre, pero en estos casos el proceso suele ser menos brusco en su inicio que en las enfermedades infecciosas.
Habitualmente no es necesario bajar la temperatura en un niño que tiene menos de 38 °C en la piel, ya que la tolerará bastante bien. Por otro lado, hay que dejar que la fiebre ejerza su función defensiva. Por último, si nos ponemos demasiado aprehensivos y no permitimos que el niño tenga un poco de fiebre, nos costará más saber si está enfermo.
En una próxima entrada veremos cómo y para qué bajar la fiebre.

viernes, abril 20, 2007

DEJAD QUE LOS NIÑOS VENGAN A MÍ.

Cuando me toca guardia en el Servicio de Urgencia, después de una jornada agobiadora llego a mi casa a la noche siguiente en busca del reparador descanso, y suelo soñar con miles de mujeres que bajan de los cerros, salen del mar, brotan de la tierra y bajan del cielo con sus niños en brazos, pidiéndome que los atienda. Esto, que parece una pesadilla, en el inicio del invierno magallánico no dista mucho de la realidad. Es cosa de asomarse a la sala de espera de Urgencia del Hospital Regional, cualquier noche a eso de las 23 horas, y se verá decenas de mamás con sus niños, esperando ser atendidas, la secretaria que no da abasto (ya que no sólo niños se atienden), el personal de enfermería que hace lo que puede, y un médico ya agotado y malhumorado en la jornada nocturna que recién se inicia.
Si uno se pone aún más observador, verá niños corriendo y jugueteando, en espera de ser atendidos ¡de urgencia! Y si pone oído a lo que manifiestan como motivo de consulta, escuchará cosas tan sorprendentes como “está resfriado”, “hace semanas que tiene unos granitos”, “tiene los labios partidos”, “se le cocina el potito”, “quiero que le de una licencia para no hacer gimnasia”. Todas estas consultas que evidentemente no son urgentes, y que son la mayoría, deben ser solucionadas en otras instancias. Es cierto que el sistema de atención primaria tiene serias deficiencias, y la gente lo sabe y muchas veces ni siquiera solicita atención en los consultorios, sino se van directamente al hospital. Lamentablemente tampoco allí se solucionará satisfactoriamente el problema, puesto que una enfermedad no urgente debe ser atendida con calma, por el médico que lo conoce y tiene su ficha sobre el escritorio. ¿Qué calma y qué calidad de atención se puede brindar cuando el médico se ve obligado a atender, en promedio, un niño cada 4 minutos durante 12 horas? Si usted no encuentra pan en la panadería, ¿es lógico que exija que se lo vendan los bomberos?
“Para eso les pagan, y por lo tanto tienen la obligación de atender”, dicen algunos. Cierto. Bien o mal, todos son atendidos. Pero, ¿es bueno para el niño?
Aparte de las desventajas de ser atendidos en forma rápida y sin su ficha por un médico que no tiene sus antecedentes, los bebés pequeños corren serio riesgo de acudir por unos granitos y terminar con una bronquiolitis grave por virus respiratorio sincicial, contagiada en la sala de espera. Y si el niño realmente está enfermo de cuidado, deberá esperar largo rato a ser atendido, con el riesgo de que el pediatra de turno, por la presión que tiene, se equivoque en el diagnóstico. Pierde el niño y pierde el médico, quien deberá asumir la responsabilidad de un manejo inadecuado del paciente, y más encima con la posibilidad de ser demandado.
A este paso, cada día será más difícil conseguir pediatras que quieran trabajar en un sistema que ciertamente no tiene nada de atractivo.

domingo, abril 01, 2007

LE DUELE LA GUATITA.

Los que hemos trabajado en servicios de urgencia hemos aprendido que a los chilenos les duele la guata, y a los argentinos (y a los chilenos que han estado más de un mes en Argentina) les duele la panza. Otros son más específicos, y refieren que les duele el estómago, o la vesícula, o los ovarios. Aquí me referiré al dolor que lleva pocas horas de evolución, o máximo unos pocos días. El dolor abdominal crónico es harina de otro costal.
Los médicos preferimos ser más cautos a la hora del primer diagnóstico, y hablamos en general de dolor abdominal. El abdomen, o la guata o panza, es una cavidad dentro de la cual se encuentran el estómago, los intestinos, el hígado, el bazo, los riñones, la vejiga, los ovarios, el útero y otras menudencias. Todos ellos pueden doler, y a veces cuesta mucho, de buenas a primeras, determinar cuál es el órgano afectado y causante del dolor. Esto es especialmente cierto en niños, especialmente en los que aún no hablan o no saben describir su dolor (y en esto los pediatras nos parecemos a los veterinarios). A todo estudiante de medicina se le enseña el paradigma de que “el abdomen es una caja de sorpresas”, como bien lo saben los cirujanos. Muchas veces se comienza una operación con un diagnóstico, y se termina con otro radicalmente distinto.
Las causas de dolor abdominal en el niño son tantas como uno pueda imaginar.
Probablemente las más frecuentes y que más consultan en los servicios de urgencia, especialmente en períodos de brotes epidémicos, sean las de tipo gripal, en que los mismos virus que afectan la garganta también inflaman el estómago e intestinos, produciendo dolor, diarrea y vómitos.
Enfermedades bacterianas como las amigdalitis y neumonías también se suelen acompañar de dolor abdominal, así como las que afectan directamente al tubo digestivo, como las diarreas bacterians, la fiebre tifoídea y otras.
Tampoco hay que olvidar otras virales, como la hepatitis, y otras bacterianas, como la infección urinaria.
Pero la que más suele asustar, tanto a los padres como a los médicos, es la apendicitis y su saga, la peritonitis. Como sabemos, el apéndice es una “tripita” en forma de dedo meñique que se encuentra al comienzo del intestino grueso, y cuya utilidad nunca ha sido bien precisada. En todo caso, a los que se nos ha extirpado, no la echamos de menos. Si el apéndice inflamado no se opera, es posible que termine por perforarse, pasando pus y otras secreciones a la cavidad abdominal, produciéndose así la temida peritonitis.
Cuando el diagnóstico es fácil, no se necesitan mayores exámenes, y se opera. El problema es que a veces no es tan fácil y deben solicitarse exámenes, ecografías y otros que no siempre aclaran la película, y el niño termina operado igual, con o sin apendicitis. La costumbre de dar antiespasmódicos no indicados por el médico es arma de doble filo, ya que pueden quitar el dolor, pero la apendicitis sigue su curso, y conforme pasan las horas hay más riesgo de complicaciones. Los padres deben entender, no obstante, que la operación es el único procedimiento que definitivamente saca de dudas, y que más vale operar de más que exponerse a una peritonitis.
El pediatra que no se haya equivocado con el diagnóstico de apendicitis es porque ha visto pocos pacientes, y el cirujano que no haya operado una virosis intestinal pensando que era apendicitis es porque ha operado muy poco.

domingo, marzo 25, 2007

UNA EPIDEMIA SIN CONTROL.

No hablo del Sida ni de la gripe aviar. Me refiero a algo tanto o más grave, ya que va a terminar por bajar las expectativas de vida de los chilenos, si no lo hace ya: la obesidad infantil. Lo que digo a continuación no lo digo yo, ya lo decía la revista del Colegio Médico de Chile hace un par de años.
“Que los niños son el futuro de Chile nadie lo duda, pero es lamentable pensar que será un futuro ‘achacoso’. Porque, ¿qué les espera a esos pequeños que ya presentan las primeras señales de diabetes tipo 2, que era considerada una enfermedad de adultos? ¿Y a esos otros que tienen el colesterol muy cerca de las nubes? ¿O a los de más allá, que tienen problemas traumatológicos porque esos huesos no resisten su peso? Es aquí donde entra en contradicción ese amor de padres que darían su vida por los hijos, pero que – a la hora de alimentarlos – les dan carta blanca para que vayan las veces que quieran al refrigerador en busca de calorías y más calorías, y que como premio al ‘portarse bien’ los llevan de picnic a una cadena de comida chatarra.”
A fines de la década de 1980 prácticamente se acabó la desnutrición infantil en nuestro país, y en cosa de 10 ó 12 años llegamos a tener cifras de obesidad similares a las de Estados Unidos, donde se habían demorado 30 años de comer chatarra para llegar a lo mismo. Con la diferencia de que en nuestro medio la enfermedad – porque de una grave enfermedad se trata – ha seguido aumentando.
Si yo le digo a una madre que su hijo tiene una bronconeumonía, o hepatitis, lógicamente se preocupará, y hará todo lo posible por cooperar para que su hijo se recupere pronto. Pero, ¿cuáles son las respuestas que se suelen observar cuando uno les dice que el niño tiene una enfermedad mucho más dificil de tratar y que tiene muchas más probabilidades de llevar a complicaciones orgánicas y psicológicas, e incluso puede llevarle a la muerte antes de terminar su etapa de adulto joven, como la obesidad?
Primero: la mayoría de los padres se ríe, lo encuentran gracioso.
Segundo: “¿Viste? Ya te lo había dicho yo.” Culpan al niño, cuando los padres les dan el afrecho y el dinero para comprarlo, en forma de ramitas, papas fritas, gaseosas azucaradas, helados y chocolates.
Tercero: “Es que yo trabajo, y se queda todo el día con la abuela que tiene ‘negocio’, o con la nana.” Entonces la abuela o la nana deben también cooperar con el tratamiento. Si la abuela se resiste, compartirá las culpas. Si usted sorprende a la nana dándole vino a su hijo para que duerma, lo primero que hará es despedirla, o denunciarla a la justicia. ¿Por qué no cuando lo rellena de pan y galletas toda la mañana “porque el niño pide”?
Cuarto: “Es que por el frío, los niños tienen que estar dentro de la casa”. Y eso significa pasar horas y horas frente a una pantalla, comiendo chatarra. Y el único deporte son las carreras al refrigerador, para aprovechar los comerciales. Cuando uno ve fotos antiguas, se da cuenta que no había obesos en Magallanes, y el frío no ha aumentado, sino todo lo contrario. Tenemos la mayor cantidad de gimnasios por número de habitantes en todo el país. Y sin embargo, la obesidad en nuestra región es ¡lejos! la mayor de Chile.
Quinto: “Tiene razón, doctor. El niño está demasiado gordo. Nos vamos a poner todos en campaña en la casa, porque los demás tampoco estamos muy flaquitos, y nos hará bien a todos comer normalmente. No compraremos chatarra ni bebidas azucaradas, haremos ejercicio, no comeremos entre las comidas, le pondremos llave al refrigerador y horario a la televisión”. Desgraciadamente esta respuesta se escucha muy rara vez.
Qué hermoso sería no sentirse arando en el mar.

miércoles, marzo 07, 2007

USO Y MAL USO DE LOS ANTIBIÓTICOS II.

Cuesta a veces convencer a las mamás que su hijo no necesita antibióticos para su gripe. En el extremo opuesto, las hay quienes les temen a los antibióticos “porque bajan las defensas”, y no completan los tratamientos. Esta creencia, basada muchas veces en que después de los antibióticos pueden aparecer enfermedades producidas por otros microorganismos, como los hongos, no puede ser más falsa. Los hongos no aparecen por baja de defensas, sino porque los antibióticos les mataron a la competencia, que son las bacterias. Los hongos se tratan y se acabó el problema. No se necesitan vitaminas ni nada para reforzar defensas.
Suele uno escuchar barbaridades como “le di amoxicilina para la fiebre” o “como me sobró de la vez anterior, le di antibióticos, total, tenía los mismos síntomas” o “esto de las recetas lo inventaron los médicos para que tengamos que pagarles una consulta”. Cuando un pediatra es requerido para atender un niño que tiene, por ejemplo, fiebre y dolor de garganta, la duración de la enfermedad y un buen examen físico suelen ser suficientes para determinar si la enfermedad es viral o bacteriana. Si tiene las amígdalas con pus, será bacteriana. Y si el cuadro es de pocos días, y sólo hay inflamación leve o moderada de la faringe, lo más probable es que sea viral, y no requiera antibióticos. Pero si los padres por su cuenta le han dado antibióticos, uno se pregunta: esta inflamación de la garganta, ¿tuvo antes pus y ya no tiene, por efecto de los antibióticos? ¿O nunca fue bacteriana, y los antibióticos están de más? Entonces el pediatra muchas veces optará por pedir exámenes, y seguramente prescribirá antibióticos más sofisticados y caros para eliminar las bacterias resistentes que se puedan haber desarrollado por un tratamiento mal hecho, y tendrá que controlar al paciente: exámenes, tratamientos más caros, más consultas. Entonces, ¿quién pierde, por tratar de ahorrarse una consulta? El niño, por las molestias y posibles complicaciones, y el bolsillo de papá. Este cuento, que ya es problemático con un simple dolor de garganta, es tanto peor en enfermedades infecciosas graves en que hay fiebre alta durante varios días, y el médico no encuentra nada al examen físico. Si ha recibido antibióticos es posible que el niño termine hospitalizado, con múltiples y traumáticos exámenes para descartar fiebre tifoidea, bronconeumonias, infecciones urinarias, meningitis y otras.
La industria farmacéutica invierte muchos millones de dólares al año en investigación de nuevos antibióticos, por la resistencia de las bacterias que entre todos hemos provocado. Es perfectamente legítimo que intente recuperar su inversión y además obtener ganancias. Para ello intentará convencer al “distinguido cuerpo médico” de las bondades de sus nuevos productos. Todo bien, mientras su accionar y el de sus representantes se enmarque dentro de ciertas normas éticas, recomendando los nuevos antibióticos sólo para cuando haya ineficacia comprobada de los antiguos y más baratos. Y que los médicos seamos criteriosos, estudiando algo más que los folletos de los laboratorios. Si no es así, seguiremos en una espiral interminable de gastos.
Algunos representantes de laboratorios (dije “algunos”), en su afán por aumentar las ventas, visitan incluso a taquilleras curanderas. Afortunadamente sus recetas de antibióticos ya no son despachadas en las farmacias.

viernes, febrero 23, 2007

USO Y MAL USO DE LOS ANTIBIÓTICOS I.

Gracias a los antibióticos, descubiertos durante la primera mitad del siglo XX, muchas enfermedades, en esa época intratables o de una alta mortalidad, son ahora mucho más simples en su manejo. Desgraciadamente su uso se hizo tan irracional, que las bacterias se fueron haciendo más y más resistentes, y cada día se hizo necesario obtener y producir formas más y más complejas de estos fármacos. Y por supuesto, más y más caras. Y en esto tuvimos la culpa los médicos, las farmacias, los pacientes, y la industria farmacéutica.
Veamos:
Los médicos recetábamos, y aún recetamos, antibióticos en forma innecesaria. Los resfríos, gripes, bronquitis e incluso las bronconeumonias de los niños, son en su gran mayoría producidos por virus, y no por bacterias. Los virus no se tratan con antibióticos, sino con la receta de la abuelita: reposo, agüita, bajar la fiebre. Hay algunas enfermedades virales en que en casos especiales se prescriben medicamentos antivirales muy específicos, que no matan a los virus como lo hacen los antibióticos con las bacterias, pero que logran atenuar la gravedad y acortar el período natural de la infección. Si a las enfermedades virales les prescribimos antibióticos, en primer lugar no variará en nada su evolución: un resfrío sin antibióticos dura siete días, y con antibióticos dura una semana. En segundo lugar, como el niño irá mejorando en forma espontánea, la mamá se relajará y se saltará algunas tomas, si no los suspende por completo. Con esto logrará matar algunas bacterias que normalmente se encuentran en el organismo, y se desarrollarán las bacterias resistentes a ese antibiótico, y cuando realmente necesite combatirlas, no le hará efecto. Su enfermedad bacteriana deberá tratarse con antibióticos más sofisticados y caros.
Hace algunos años no era raro que el dependiente de la farmacia vendiera antibióticos a solicitud del cliente, o incluso prescribiéndolos, sin siquiera consultar al químico farmacéutico. Aparte de que no tenía la preparación para ello, se saltaba un proceso médico fundamental, que es el examen físico, basándose sólo en un par de datos aportados por el paciente. Afortunadamente esta situación ha variado radicalmente. Hasta el año 1997 el consumo de antibióticos aumentaba en forma alarmante, sin haber ninguna enfermedad o epidemia que lo justificara. En septiembre de 1999 el Ministerio de Salud determinó impulsar la medida de “Uso Racional de Antibióticos” a través de su dispensación en farmacias sólo con recetas médicas. Gracias a la colaboración de las farmacias, la promoción que se efectuó y la toma de conciencia del público, la venta y consumo bajaron en forma notoria. Como resultado, los tratamientos son más baratos (o menos caros), y algunos antibióticos de primera línea que ya no se usaban por la resistencia, han regresado por sus fueros. Han colaborado hasta las bacterias.

viernes, febrero 16, 2007

TODAVÍA SE HACE PIPÍ.

El desarrollo normal del control urinario sigue un patrón característico en los niños, pero a una velocidad individual. En otras palabras, si bien todos los niños sanos controlan primero la micción diurna, siendo el control nocturno más tardío, las edades en que esto se produce depende de la maduración del sistema nervioso central de cada uno.
En el recién nacido y los primeros meses de vida, el vaciamiento de la vejiga se produce con frecuencia a lo largo del día y la noche, como una acción refleja. Hay circunstancias que estimulan ese reflejo, y bien sabemos los pediatras y enfermeras que practicamos controles de salud, el desnudar a un bebé hace que la acción del aire sobre su piel provoque una descarga inmediata de orina, mojando a los presentes con menos experiencia.
Entre el año y los 2 años ocurre un aumento gradual en la capacidad de la vejiga y maduración neurológica, lo que hace que en esta etapa el niño tenga sensación de vejiga llena, reconoce que la micción es inminente pero no puede controlarla, y no es capaz de iniciar la micción salvo que tenga la vejiga realmente llena, es decir, demasiado tarde.
Entre los 2 y 3 años puede controlar voluntariamente el inicio y término de la micción, y entre los 3 y 4 años lo puede hacer con cualquier grado de llene vesical. Es la edad en que un niño entretenido en el juego puede “aguantarse” hasta que no puede más, aunque intente evitar la micción cruzando las piernas o dando saltitos.
A veces se puede lograr, con distintos métodos, adelantar este proceso para bien de los padres, pero a riesgo de alteraciones sicológicas del niño.
Cuando un niño mayor de 5 años se orina en la noche más de una vez a la semana, se habla de “enuresis”. Este síntoma corresponde a un patrón de maduración más tardío, y se llama “enuresis primaria” cuando nunca ha controlado esfínteres. Cuando han transcurrido más de 6 meses sin “cruzar el río” y comienza nuevamente a orinarse durante el sueño, se habla de “enuresis secundaria”. Esta última puede traducir algún trastorno físico o sicológico de cuidado, por lo que conviene sea evaluado por su pediatra.
La enuresis primaria tiene tratamiento, aunque lo fundamental es tener paciencia y esperar que el niño complete su maduración. Algunos niños se orinan durmiendo hasta bien grandecitos e incluso hasta la adolescencia, y en estos casos se debe tratar, más que nada porque se puede deteriorar la autoestima y afectar sus actividades sociales normales: ellos evitan quedarse a dormir en casa de parientes o amigos, o no van a campamentos.
En todo caso, no lo rete ni castigue, que no es culpa del niño. Haga memoria, ya que muchas veces la enuresis es hereditaria.

viernes, febrero 09, 2007

LECHE DE BURRA Y DE OTROS ANIMALES.

John de Gaddesen, a comienzos del siglo XIV, recomendaba una dieta para la tisis: “Para las comidas, nada es mejor que la leche de una joven trigueña que ha tenido su primer niño, el cual debe ser un muchacho. La joven señora debe ser agraciada y guapa y ha de comer y beber con moderación. En caso de que no se consiga la nodriza, podrá usarse leche de burra, de cabra o de vaca”.
No se sabe con certeza si Gaddesen realmente logró curar la tisis de sus pacientes, pero más parece que su receta estaba destinada a justificar su propia frescura. En todo caso, si bien no está demostrado el efecto de la leche de jóvenes madres agraciadas o de burra en las enfermedades como la tuberculosis, sí fue costumbre durante muchos años, especialmente en los campos de la zona central de Chile, alimentar a los niños con leche de este animal.
Durante los primeros veinte años del siglo XX, numerosos rebaños pequeños de burras recorrían también la capital. La leche de burra se vendía en la puerta de las casas como remedio “para afirmar el estómago” de la gente con diarrea. Los primeros hospitales infantiles, que datan de aquella época, poseían entre sus instalaciones un establo, en que tenían vacas y burras para proveer de alimentación a los niños enfermos.
Y si de nodrizas se trata, hasta la década de 1950 y más, las familias acomodadas solían contratar a una madre, generalmente soltera o casada indigente, que recibía entre $ 80 a $ 150 mensuales, habitación y comida. Abandonaban al hijo propio en manos extrañas, mediante el pago de $ 20 a $ 30 mensuales, el cual era sometido a dietas artificiales, y generalmente enfermaba o moría. No era raro que el médico oyese estas palabras: “Como la leche no alcanza para los dos niños, y como no disponemos de comodidades para los dos, la nodriza ha buscado una familia muy bondadosa donde le cuidarán muy bien a su hijo por muy poco dinero: por otra parte, ese gasto lo pagamos nosotros y a la nodriza le hemos aumentado el sueldo”.
Afortunadamente estas situaciones ya son parte de la historia, y muy poca gente discute que la mejor alimentación para un bebé es la leche de su propia madre. El organismo de la mujer tiene una regulación maravillosa, en que los componentes de su leche son los justos y y necesarios para su hijo, y no para otro niño. Es especialmente notoria la diferencia que existe entre la leche producida por la madre de un recién nacido de término y la de un prematuro. Si a lo anterior agregamos los riesgos de transmisión de enfermedades a través de la leche, como hepatitis y Sida, concluiremos que la leche de madre es sólo para su niño, así como la leche de vaca es para los terneros, y la leche de burra es para los borricos.
Las madres, y muchas veces las abuelas, aducen que son “malas lecheras” o que su leche “deja al niño con hambre”. Ojo, que el niño chupetee no necesariamente significa que tiene hambre, muchas veces son sólo reflejos normales de cualquier bebé despierto. La única manera de comprobar la efectividad de la alimentación es el peso periódico en los controles de salud. Si agregamos “rellenitos”, será el comienzo del fin de una lactancia exitosa.
Toda mujer sana es capaz de amamantar en forma satisfactoria. Los problemas que se pudieran presentar son más bien de la esfera psicológica, por inseguridad, ansiedad excesiva o creencias erróneas.