Son las tres y media de la mañana, la campanilla estridente del citófono me hace saltar, sin espantarme el sueño, porque estoy de turno desde hace más de veinte horas. Un paciente, me dice la dulce voz del paramédico. Pero si lo acabo de ver, le contesto. No, si es otro. ¡Otro! Parece que se confabulan para no tener piedad de mí, me levanto, me duele todo, me siento viejo y cansado, ¿sólo me siento? No, estoy viejo y cansado, cuándo jubilaré, camino hacia el box de atención, tengo hinchados los tobillos. Es un niño de un año, entraron la madre, muy joven, y una abuela, también joven, ¿o es que la modorra me impide discernir? Ya he visto como a ciento ochenta pacientes, me dan ganas de decirles, por favor déjenme descansar un rato. No se los digo, pero al menos a esta hora no esperen la mejor de mis sonrisas. El niño está sentado jugando, destrozando entretenido la sabanilla de papel, se ve bien, sanito, pero en cuanto advierte mi presencia se pone a gritar y patalear como lechoncito en la batea. Entre los decibeles la madre me dice que lo trae porque se acostó bien, y ahora está con fiebre de 38 grados. Le pregunto si le dieron algo para la fiebre, me dice que no, le pregunto por qué, interviene la abuela muy agresiva: ¡cómo quiere que la bajemos la fiebre si no sabemos lo que tiene! No estoy de ánimo ni es horario de educación básica en salud, mejor me callo e intento examinar, el pequeño Rambo no se deja, hay que afirmarlo, entra el papá para colmo de males y se pone encima del niño en actitud de añuñú protector. Le pido por favor sálgase un poco de encima para poder continuar con el intento de examinar, lo hace de mala gana, logro auscultar un poco, antes casi le había metido el otoscopio en la oreja al papá, recibo manotazos, toses en la cara y escupos en los anteojos, pero llegado el momento de ver la garganta se desata el caos. El niño muerde la paleta como si de ello dependiera su sobrevivencia, como colgado de sus escasos dientes sobre el abismo, intento decirles a los familiares que solamente se limiten a afirmarle las manos, yo sé que con paciencia ¡de dónde la saco! finalmente lograré el
examen faríngeo, pero comienza un concierto de gritos y cánticos litúrgicos, la mamá con la dichosa canción de “las manitos, las manitos, ¿dónde están?....”, el papá grita repetidamente a la altura de mi oreja ¡Matías, abre la boca! No sé por qué parece que a esa hora todos los niños se llaman Matías. Estoy a punto de mostrarle mis amígdalas y mi lengua reseca y amarga por el trasnoche, pero me contengo. La abuela grita del otro lado ¡muéstrale los dientes al tío!, pero el niño no es estúpido, sabe que no soy dentista, que lo que quiero es provocarle una arcada con el bajalenguas para poder ver bien su faringe, luego el papá saca un aparatito con una pantalla en que empiezan a dar una película de Doki, y de pronto una música cumbianchera y estridente da a entender que el aparatito también funciona como teléfono. El papá, sin siquiera alejarse, a los gritos emite un parte médico al abuelo sobre el estado de salud de Matías, hasta que por fin, gracias a los profundos conocimientos adquiridos durante más de treinta años ejerciendo la pediatría, logro ver su garganta, y concluye el examen físico, y el niño automáticamente se calma y empieza a sonreir. Tiene una faringitis viral, le voy a indicar antiinflamatorios y algo para la fiebre, les digo, y salta otra vez la abuela: ¿No le va a hacer una radiografía? No se justifica, le digo, y entonces: ¿no le va a dejar antibióticos? No es necesario, es algo viral, contrólenlo con su pediatra. Y la mamá: usted ERA su pediatra, pero nunca más. Se van y ponen un reclamo en el libro por mala atención, y eso si no me demandan por negligencia en cinco días más si Matías tiene una bronconeumonía, que será por salir a pasear a altas horas de la madrugada. Ya son las cuatro, y estoy desvelado. A las cinco me ducho y me preparo para un día de trabajo. Lo peor es que con el cambio de hora se alteraron todos mis mecanismos reguladores orgánicos, y seguramente sufriré serios problemas para adaptarme.
5 comentarios:
Me he reído de buena gana Matías, aunque lo que cuentas es patético: TU pobre tocayo no tiene la culpa de tener semejantes padres y abuelos
Qué bien escribes - lo leí totalmente absorta! Trabajo en un hospital en Bristol (en administración), y los doctores hacen los mismos comentarios sobre casos no-urgentes (algunos posteos más atrás). Gracias
Caroline
Cuando los blogs se conciencian en dar normas de cultura y buen hacer, es digno de agradecimiento.
Un saludiño desde Ferrol(Galicia) España Te invito a pasar por mi blog
http://poemas-rosamariamilleiro.blogspot.com/
Que sacrificio la vida del mèdico.
Ya a cierta edad todo lo que fué nuestra sacrificada vocación de juventud pesa demaciado.
Maravilloso tu blog Es único... te dejo un abrazo con un beso desde el norte
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